Quiero que te veas como te veo yo

Había una vez un chico que era capaz de leer los sentimientos de los demás. Era un arte ancestral de su familia que se transmitía de generación en generación. Como era la única persona que poseía dicha habilidad, se dedicó a viajar por el mundo, solucionando los problemas que pudieran surgir de cualquier relación entre seres humanos.

Así, se convirtió en un famoso trotamundos que todos aspiraban a encontrar en busca de consejo y palabras sabias que los encaminaran en sus vidas.

El chico apenas habría sobrepasado la veintena de edad. Tenía el pelo rubio rojizo y unos ojos verdes con tonos marrones, que recordaban a las primeras hojas caídas recién entrado el otoño. Siempre tenía una expresión desenfadada, alegre y que reflejaba el carisma de quien confía en la bondad de las personas. Sus manos, rígidas y delicadas, llamaban al cariño y a la mejor de las compañías.

Un día, se cruzó en su camino con alguien diferente. Y, de repente, supo que sus piernas le habían llevado hacia allí a propósito. Es como si toda su vida hubiera estado yendo de un lugar a otro para acabar allí en particular. Una oleada de satisfacción lo invadió.

―¡Hola!

Le dedicó la más amplia de sus sonrisas. Ella lo miró y le respondió sin palabras, sólo con una sonrisa leve que se apagó enseguida. Estaba sentada en una orilla, abrazándose las piernas.

―Tengo la sensación de que no estoy aquí por casualidad ―dijo él.

Ella hizo caso omiso. Siguió con la mirada perdida. Entonces, el chico tuvo curiosidad sobre lo que estaba sintiendo la chica en ese momento.

―¿Sabes quién soy?

Ella negó con la cabeza. Él pensó que su nombre ya sería conocido por aquella zona.

―Soy el que ve. El que escucha. Me han llamado por muchos nombres. Me llaman el Viajero sin Fin, el Lector de Realidades, el Sabio Ambulante, el Alegre Comerciante de Besos, el Regalador de Abrazos… Cada nombre tiene una historia detrás. Tal vez algún día quieras escucharlas todas.

La chica rechazó la oferta con la amabilidad y la cortesía de una reina. Se puso en pie.

Aquel viajero había visto muchas cosas. Conocía más personas que palabras tiene un libro. Se había quedado embobado contemplando los mejores paisajes que nos guarda la naturaleza. Había advertido la belleza en una pena que se convierte en risa. Y, sin embargo…

―¿Y qué es lo que haces para tener tantos nombres?

Su voz era una bocanada de aire fresco por la mañana. Entonces, el chico se fijó en ella como era. El pelo castaño claro caía como una cascada sobre su cuello y su espalda. Su cuerpo era digno para ser el modelo del mejor escultor de todos los tiempos. Sus ojos oscuros no eran de este mundo. Quizás se los hubiera robado a la luna.

Había algo en ella tan interesante, que casi se le olvida responder a la pregunta. Casi.

―Leo los sentimientos de las personas. Los interpreto y aconsejo. Soluciono los conflictos que puedan traer consigo.

Guardó silencio, aceptando lo que había dicho. Jugaba con sus manos, nerviosa. El chico cogió aire y se atrevió a proponer:

―¿Puedo ayudarte en algo?

Ella se encogió de hombros. No había reparado en que necesitara nada. Él le pidió permiso para desenvolver su arte. Ella aceptó.

La miró con más profundidad. Observando cada detalle, cada gesto, cada movimiento. Lo único que vio en su interior fue un torbellino gris de emociones que iba y que venía. Pero lo más preocupante, es que se veía incapaz de leer sus sentimientos. Nunca antes le había pasado.

―No lo entiendo…

―¿Pasa algo?

―No puedo verte ―confesó el chico―. No veo nada.

Ella quiso mantenerse fuerte, pero en cierto modo, se vino abajo. Desvió la mirada y cruzó los brazos, incómoda.

Nunca se había sentido dueña de sus sentimientos. Eso le hacía pensar que no tenía valor como persona. Durante el despliegue del arte del viajero, la chica llegó a pensar que él pudiera saber qué le ocurría. Si él tenía esa clase de poder, podría decirle por qué en ocasiones su alegría desmesurada se esfumaba en cuestión de segundos, o por qué la tristeza la visitaba con mayor frecuencia que a cualquiera.

Si pensáis que el chico se rindió, estáis muy equivocados. Se quedó con ella, más tiempo de lo que jamás había estado en ningún otro lugar. A pesar de no ver nada, el viajero siguió encontrándola interesante y pasaron muchos días juntos. Hablaban de temas sin importancia. Reían. Otras veces, él le contaba alguna de las historias de sus nombres.

―Pronto tendrás que irte ―dijo ella―. No puedes quedarte tanto tiempo. Eres el Viajero sin Fin.

―No puedo marcharme sin haberte ayudado ―anunció.

―¿Y cómo piensas hacerlo? No puedes leerme. Ni siquiera sé lo que siento.

―Tendré que hacer algo que nunca se me hubiera ocurrido hacer.

Sonrió. Decidió enseñarle su arte. Por muy secreto que fuera, vio que era lo correcto. Confiaba en ella y esperaba que sus lecciones le sirvieran para manejar mejor sus emociones.

Ella era una alumna modelo y él un profesor muy paciente.

―Una mirada es sólo una mirada ―le explicó―. Puede pasar desapercibida. Puede no significar nada. O todo. Tienes que fijarte bien. Poner toda tu atención. ¿Cuál es la distancia que se desplaza el ojo? ¿Qué dirección? ¿Se dilata la pupila? Cada respuesta puede ser una emoción completamente distinta.

»Ten en cuenta que los sentimientos se pueden contradecir. Eso no quiere decir que lo estés haciendo mal, sino que estamos ante un proceso muy complejo que no viene en ningún manual. Tendrás que aprender a identificarlos por tu cuenta.

Le enseñó a Leer Miradas, a Observar Gestos y a Identificar Movimientos Faciales. Por separado, cada técnica podía llegar a una conclusión distinta. En conjunto, sólo había una única deducción posible.

La chica no tardó en dominar tales habilidades. Cierto día, consiguió ver en el interior del viajero. Era un amor tan leve como la brisa cerca del mar. Se estaba enamorando de ella. Él, de repente, supo que ella le veía. Y se sintió en plena desnudez.

Él se ruborizó. A ella, en cambio, le invadió una profunda decepción.

―Así que sólo me has enseñado porque sentías eso por mí ―reprochó―. Te has quedado porque, en el fondo, pensabas que ocurriría algo entre nosotros. Tus motivos para haberme ayudado no son los que yo pensaba.

El chico no podía creer lo que estaba oyendo.

―¡No! ―exclamó―. Si lo he hecho, ha sido porque no podía dejar que vivieras así. Necesitaba que comprendieras la importancia y el valor que tienes. ―La cogió de los hombros y la miró fijamente―. Quiero que te veas como te veo yo.

La ola de rabia se esfumó, dando paso a una ola de tonos leves de alegría que la hizo sonreír. Aceptó las palabras sinceras y se las guardó para sí.

Siguieron viéndose. Él continuaba con sus historias y lecciones. Ella escuchando con atención.

―Dime ―quiso saber ella―, ¿crees que algún día podré saber lo que siento?

Estaban paseando por la orilla del mar. El viajero meditó la respuesta. No tardaron en sentarse en la arena a contemplar el bello atardecer.

―Sí ―afirmó―. No hay duda alguna. ―Cogió fuerzas para decir las siguientes palabras―. Seguro que muy pronto podrás decirme lo que sientes por mí.

―Aún no lo sé ―confesó―. Pero quédate cerca, por si acaso. ―Entrelazó su brazo con el de su compañero. Apoyó su cabeza en el hombro de él.

Sonrieron.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s