El caballero silencioso

Cuenta la leyenda que hubo un caballero que decidió enmudecer por voluntad propia. Pensaba que las palabras acabarían haciendo más daño que su espada. Así que calló, mientras defendía el reino en el que vivía, con total fidelidad.

Lo cierto es que el caballero salió victorioso en numerosas batallas, pero su soledad aumentó. Ya no compartía diálogos de apoyo con sus compañeros, ni hacía esfuerzos por entablar amistad con nadie. El caballero pensaba que los protegía no haciendo uso de la fuerza que ocasionaban sus palabras. Pero eso lo alejaba del resto.

De todos modos, su reputación incrementó y en todos los pueblos ya se hablaba del Caballero Silencioso. Se recitaban poemas y se cantaban canciones que relataban sus experiencias.

Un día, el caballero tuvo como misión realizar un extraño viaje a tierras extranjeras y lejanas con el objetivo de explorar la zona. El caballero reflexionó con maestría: lo más probable era que en su reino quisieran librarse de él porque pensaran que se había vuelto siniestro tras su mudez. El caballero no era idiota, y el hecho de no hablar, le había proporcionado unas dotes extraordinarias para analizar situaciones y realizar profundas reflexiones.

El viaje estaba plagado de enemigos y obstáculos sin cesar. El caballero cada vez estaba más seguro de que estaba en lo cierto con sus pensamientos. Aquello era una misión suicida sin ningún sentido.

Pero ocurrió algo inesperado. El caballero no contó con que todas esas cosas que no había llegado a decir, todas esas palabras que no habían salido de su boca, se concentrarían en su interior. Y de él emanó una fuerza extraordinaria. Tal fue el aumento de su destreza que acabó con un pelotón entero de enemigos.

Sin embargo, algo no andaba bien. Era como si toda aquella fuerza viniera de extraños brotes de rabia que el caballero sufría. Conforme fue avanzando en su viaje, el caballero tuvo que parar porque no podía controlar esa ira que lo mataba por dentro. Cayó en la conclusión de que aquellas palabras no dichas lo estaban abrasando por dentro.

Por supuesto, el caballero no quería continuar la misión si no era dueño de sus emociones, pero no sabía cómo controlarse. Intentó por todos los medios serenarse, pero no lo consiguió. Sólo empeoraba las cosas. Se enfadaba por cualquier cosa, y se culpaba a sí mismo, y a todos aquellos que lo habían dejado de lado.

Pasó mucho tiempo batallando contra su interior, ya que sus pensamientos eran lo único que le quedaba en ese momento. Hasta que se durmió. El caballero estaba tan exhausto que se introdujo en un sueño profundo en el suelo.

Cuando creyó abrir los ojos, vio una figura de mujer cubierta con un vestido blanco y pulcro que se acercaba a él. La chica era bellísima. Sus cabellos rubios y rizados parecían relatar las maravillas de este mundo, y sus ojos cristalinos, aunque de color oscuro, lo miraban con una ternura jamás vista por el caballero.

“Hola”

Una voz pura y dulce sonó dentro de su cabeza. Ella sonrió al caballero que seguía en el suelo sentado. El caballero sintió una sensación de libertad al ver aquella sonrisa propia de un esclavo al ser liberado. Aun así…

“No quiero hablar…”

El caballero apartó la mirada de sus ojos. Era evidente que temía hacer daño a la chica con su habladuría, pero eso ella ya lo sabía.

“Tranquilo. No tienes que hablar. Simplemente piensa.”

El Caballero Silencioso se percató de que la conversación estaba ocurriendo dentro de su cabeza, ya que la mujer no estaba moviendo la boca para hablar, sólo para dedicarle aquella sonrisa tan espectacular.

El caballero sintió sorpresa. Nunca había visto nada parecido. Tal vez era su oportunidad de sacar todo lo que llevaba dentro. Pero, al mismo tiempo, quería llevar cuidado de no asustar a esa mujer.

“Tengo miedo de hacer daño a la gente con mis palabras. Me ocurrió en el pasado y ahora no puedo olvidar todo lo que hice. Lo mejor es seguir callado, aunque eso acabe haciéndome explotar”, comentó el caballero.

La chica se acercó más todavía, se agachó y acarició el rostro cabizbajo del caballero. Él se sintió feliz por un momento. Hacía ya mucho tiempo que no se sentía así. Era como si ya nunca volviera a estar solo de nuevo.

“No sé cuál será tu actitud a partir de ahora. Pero recuerda: hay emociones que se pueden expresar con una mirada, un gesto… las palabras no lo son todo.”

Dicho eso, se dio la vuelta y empezó a caminar en sentido contrario, dándole la espalda al caballero.

“¡Espera! ¿Significa eso que es mejor que no hable nunca más?”

“No. Confía en tu corazón. Él te ayudará a suavizar esas palabras que tanto miedo tienes de usar. Empieza a escucharlo. No temas en mostrar tus sentimientos como son.”

Cada vez la chica se alejaba más. El caballero no pudo soportarlo.

“Por favor, no te vayas. No me había sentido así con nadie. Creo que contigo podría ser yo mismo, podrías ayudarme a volver a ser quien era. Pero no te marches.”

La chica se volvió una última vez hacia el caballero, y le dedicó una última sonrisa.

“No temas. Te tienes a ti mismo. Ni yo ni nadie podrá arrebatarte eso. La soledad es una buena aliada cuando la dejas actuar. Tu corazón servirá de mapa para reencontrarte contigo mismo.”

Y se fue. El caballero lloró desconsoladamente. Se sentía, de nuevo, abandonado por la que creía que sería la única persona que había querido comunicarse con él. Y volvió a culparse a sí mismo. Tal vez si no la hubiera intentado retener… Tal vez si le hubiera demostrado que merecía la pena quedarse con él…

Pero ninguno de aquellos absurdos pensamientos tenía valor alguno.

El caballero tuvo la sensación de despertar. Era de día y estaba confuso. Reflexionó un buen rato. Seguramente, aquello no fue más que un mal sueño, pero él tenía la sensación de que aquella caricia fue real y de que también fueron reales todas las emociones vividas.

Seguía sin tener relevancia. Lo único importante que hizo el caballero fue incorporarse y seguir con su camino. Cumpliría su misión.

Nadie sabe qué fue del Caballero Silencioso desde entonces. Unos dicen que volvió a hablar con naturalidad y buen hacer. Hizo buenos amigos, y formó una familia sana a la que mantuvo con su sueldo de caballero. Otros dicen que desapareció sin dejar rastro alguno y que, por tanto, su mutismo fue eterno.

Pero los sabios ancianos cuentan que se dejaba ver de vez en cuando, pero que ya no era el mismo Caballero Silencioso. Volvía a hablar y a transmitir, pero no de la misma manera que lo haría cualquier persona normal. Sus palabras eran maduras, cálidas, sinceras y sin ningún rastro de maldad.

Era una persona que sabía hablar con el corazón.

 

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