Armonía (Parte 5 – Final)

Yendo a la velocidad del rayo, me cambié y en cuestión de segundos estaba en recepción hablando con Armonía y acompañándola a la habitación de Javi. Era el momento de la verdad. El momento del choque de trenes.

*             *            *

¡Qué aburrido estaba! Allí en la habitación jugando al ajedrez con Armonía las horas no pasaban. Pero no duró mucho. De repente, Armonía me miró, con la mirada muy perdida.

―Abrázame…

Me asusté. Las fichas y el tablero rodaron por toda la sala. Me eché a sus brazos, como si fuera a ser la última vez. Observé cosas muy extrañas.

Su piel se hacía cada vez más clara. Su mirada cada vez más perdida. Su abrazo, por primera vez de lo que yo recordaba, era gélido, como una de esas brisas de viento que te dan escalofríos. Siempre había sido tan cálida en sus abrazos que aquello me pareció demasiado raro.

Y allí en mis brazos, desapareció. Sin dejar rastro alguno. Me quedé tan perplejo que no sabía cómo reaccionar. Entonces, la puerta se abrió. Eran Laura y una mujer. Un momento…

¡Era ella! ¡Armonía! Pero no era la que yo conocía. Esa no era mi mujer ni la madre de mi hijo. Estaba bastante más entrada en años que la chica que acababa de desaparecer en mis brazos. No entendía nada. Me ardía la cabeza.

―¿Qué significa esto? ―conseguí preguntar mientras me echaba hacia la pared de… una especie de cárcel―. ¿Dónde estoy?

Armonía se acercó a mí y se agachó.

―Sí que has cambiado, Javi ―me dijo, mientras me sonreía. Aún conservaba esa bella virtud al hacerlo.

Laura también se acercó, y permaneció a la espera.

―¡Dios, me arde la cabeza! ―exclamé.

―Tranquilo. Sólo he venido a hablar un ratito contigo.

Y me cogió de la mano. Mi corazón se aceleró por esa tontería. Seguía sin entender nada, pero me incorporé y fui a la sala de visitas. Ambos nos sentamos en una mesa y comenzamos a hablar.

―Si necesitas cualquier cosa, estaré por allí ―le dijo Laura a Armonía.

Ella le asintió, y Laura se alejó de donde estábamos nosotros.

―Ya no estoy seguro de lo que es real y de lo que no. ¿Tú lo eres? ―dudé.

―¿Tú que crees? ―seguía sin soltarme la mano. Qué agradable era, incluso estando yo loco.

―Entonces, ¿estoy loco o no?

―¿Sabes? Los locos no se preguntan eso a sí mismos. Así que no, no lo estás. Ya no.

––¿Podré salir de aquí?

―Sí, por supuesto.

Fue en ese instante, cuando me eché a llorar. Desde que crecí no había habido nada ni nadie que me hubiera hecho llorar. Ella fue la única. Ella me hizo derramar mis lágrimas sobre el frío acero de aquella mesa. Y me seguía sonriendo.

―Nunca he amado a nadie más que a ti. Te amé tanto, que acabé diciéndoselo a una figura invisible que llevaba tu hermosa cara. Lo he vivido todo, pero no era nada. Siento que he tirado mi vida. Tú nunca hubieras estado con alguien como yo. Es algo imposible.

―Javi… Estoy casada y tengo un hijo y una hija guapísimos. Ya es tarde para tener una vida conmigo, pero no te rindas. Siempre te vi como un chico que superaba todos los obstáculos de su vida. Y sí, puede que esto sea lo peor que te ha pasado. Pero tienes que salir a la calle y decirle al mundo que todavía no te ha vencido.

―Quizás tengas razón.

Nos quedamos en silencio. Ella no encontraba más palabras que decirme. Yo, simplemente, seguía asimilando cosas.

―Dime una cosa, Armonía. ¿Cómo te sentirías si ahora mismo, todo tu mundo desapareciera? ¿Y si tu marido, tus hijos… fueran una mala broma que te ha jugado tu mente?

―Sabes perfectamente que no puedo responderte a eso. Ojalá pudiera. Así te sentirías más comprendido.

―¿Puedo pedirte un favor? Es una tontería…

Vi como Armonía dudaba un poco. Era normal, ¿aceptar favores de un loco? ¡Ni en broma! Supongo que si, finalmente, asintió, fue por recordar a ese chico dulce que le decía muy pocas veces, lo guapa que era.

―¿De qué se trata?

―¿Eres feliz? ¿Lo eres de verdad?

―Claro que sí, Javi.

―Pues quiero que me lo muestres. Me gustaría ver tu vida.

―Está bien, ¿pero por qué?

―Porque si tú eres feliz, es bastante para mí. Dudo que yo pudiera haberlo hecho mejor. Todo y cuanto he deseado siempre fue eso. Y quiero verlo.

―De acuerdo. Yo me encargo de sacarte de aquí.

En una hora más o menos, me encontraba en una revisión del doctor Martínez. Si no encontraba nada raro en mi comportamiento, me dejaría marcharme de aquel antro.

―Oiga, doctor. Le gusta mucho Laura, ¿verdad?

―¿Cómo dice? ―se exaltó.

―Reconozco esa mirada. Es la que he tenido yo todos estos años. Sólo le doy este consejo: No la deje escapar. Podría arrepentirse.

―Eso… no es de su incumbencia. Pero gracias.

Cuando, por fin, comprobó que no me inventaba a nada ni a nadie más, volví a respirar aire puro. Parecía que llevaba medio año encerrado allí, cuando lo cierto es que no había estado ni un mes. El aire, de todas formas, lo respiraba diferente, como si no hubiera sido el mismo aire que llevaba respirando los últimos años. Bienvenida, soledad.

Cuando me subí a su coche, el olor a ambientador me impregnó la nariz. Me sorprendió lo limpio que estaba. Eché un poco la vista atrás y vi algunos juguetes. Seguro que de sus dos hijos.

―¿Qué edad tienen tus hijos? ―pregunté.

―El mayor tiene doce años y la pequeña, cinco añitos.

No hubo más conversación hasta que me comentó que no había ido al trabajo, por venir a visitarme. Sin embargo, ella me tranquilizó diciéndome que no importaba, que había merecido la pena, que se había alegrado de verme y de ayudarme. Le pregunté de qué trabajaba. Era profesora de niños de Primaria.

Entonces, me la imaginé, dando clases a esos chiquillos, sonriéndoles y dándoles todo el cariño que llevaba dentro. Sentí envidia de algunos de esos niños, que podrían disfrutar de su amabilidad y afecto todos los días. Seguro que Armonía disfrutaba educando a esos pequeños.

Siguió contándome, y me describió a muchos niños de su clase. Los más traviesos, las niñas más encantadoras, los niños y niñas que eran callados y los que no paraban de hablar ni debajo del agua… Me dijo también, que se comía a cada uno de ellos. Que el aprecio que les tenía, crecía con cada día. Y volví a desear ser un niño de aquellos.

Verla hablar me hizo ver lo que ella era. Lo feliz que se sentía con su vida. También me hizo poner los pies un poco más en la tierra. Me cuestioné a mí mismo si sería capaz de tener una vida como aquella a mi edad. Procuré no pensar en eso todavía. Poco a poco.

Llegamos a su edificio, bajamos del coche y cogimos el ascensor. Cuando estuvimos frente a la puerta, sacó las llaves y abrió.

―Familia, ya estoy en casa. He traído a un amigo. Vamos, Javi, pasa.

El marido me saludó con un apretón de manos. Después, le dio un abrazo y un beso a ella y me llevó al salón, donde llamó a los niños para que vinieran a saludar.

El primero al que vi fue al hijo mayor. Era bastante alto para su edad y muy educado.

―¿Dónde están tus modales? Dile a Javi cómo te llamas ―le corrigió Armonía.

―Me llamo Paco, como mi papá.

Estuve charlando la típica conversación con él. Le gustaba mucho el deporte y sus padres lo llevaban a clases particulares de inglés. Al parecer, sabía bastante. E iba muy bien en el colegio. Por lo demás, era un poco traviesillo y muy hablador.

Me acordé de cuando tenía un hijo que se llamaba como yo. Mejor dicho, cuando lo imaginé. Así que sabía perfectamente cómo se sentía el padre. Le acaricié el pelo y lo mandé a jugar. Él hizo caso.

―Mamá…

―Vamos, Sofía. No te va a comer. Es un amigo mío.

La pequeña Sofía, con cinco añitos, se escondía detrás de la pierna de su mami. Era una niña muy bonita, era clavada a su madre. Me agaché a donde estaba ella y le tendí la mano. Ella, tras mucho dudarlo, la cogió.

―Hola, Sofía, soy Javi. ¡Vaya, qué guapa eres!

―¿Qué te han dicho, Sofía? ¡Te han dicho guapa! ―le dijo su madre.

La chiquilla rió. Pero rió aún más cuando le hice cosquillas y jugamos un poco al “corre que te pillo”. Cuando nos cansamos, le dije:

―¿Sabes que nadie nunca te va a querer tanto como tus papás? ¡Corre a darles un abrazo!

Ella corrió con una velocidad pasmosa y se abalanzó sobre Armonía que estaba en el sofá y le dio un sonoro beso en la mejilla. Después hizo lo propio con su padre.

―Bueno, me voy. Gracias por todo ―comuniqué.

―¡Espera! ¿No te quedas a comer? Sofía no suele coger cariño a la gente tan rápido. Le dará mucha pena que te vayas.

―No, no quiero molestar.

―Venga ―me insistió Paco también―, Armonía preparará su especialidad de berenjenas rellenas. ¡Están de muerte!

―No lo dudo, en serio. Pero quiero ir a mi apartamento. Tiene que estar hecho una porquería. Y quiero conseguir un trabajo cuanto antes. Lo mejor es que empiece ahora.

―Está bien. Si necesitas cualquier cosa, aquí estaremos ―me comentó Armonía.

―Lo mejor será que no nos veamos durante un tiempo. Me hará bien. Contactaré con Antonio, a ver si me ayuda un poquitín.

―De acuerdo… ―soltó, con algo de pena. Acto seguido llamó a sus niños―. ¡Paco, Sofía! ¡Despediros de Javi que se tiene que ir!

Ambos corrieron y me dieron un abrazo. Qué niños tan cariñosos…

―¿No te quedas, Javi? ¡Luego podríamos seguir jugando! ―me preguntó Sofía, con una voz muy mona.

―No, cariño, Javi se tiene que ir, pero volverá otro día a jugar contigo.

―Sí, Sofía. Otro día será. Te lo prometo.

―¡Vale!

Los niños se fueron, y también Paco. Ella se asomó un momento a la puerta y me dijo:

―Tienes que cumplir lo prometido.

―Y lo haré. No lo dudes.

Y cerró la puerta. Eché a andar, por primera vez en mucho tiempo, solo. Esperaba que mi mente no me jugara más malas pasadas. Aunque no sé si se podría llamar así, debido a que mi mente me ha hecho sentir los seis mejores años de mi vida, los más felices. Sin embargo, todo se había esfumado en un chasquido de dedos.

Todo estaba más tranquilo en casa que de costumbre. Vi todos los juguetes que había comprado inútilmente para “el pequeño Javi” y me asomé a la habitación, a ver si, él seguía allí y era lo único que no había imaginado. Toda esperanza quedó paralizada. A partir de entonces, decidí que se acabaron las esperanzas y la fe. ¿De qué iba a vivir, si no? Ni idea. Ya improvisaría.

Me pregunté si llegaría a olvidar del todo a Armonía, la cual quería seguir teniendo contacto conmigo de algún modo. Lucharía, eso estaba claro. Aunque lo mejor sería mudarse y empezar de cero. Eso lo decidiría más tarde.

Con el paso de los días, volví a contactar con Antonio, el cual al comprobar que ya estaba bien, me ofreció un puesto de trabajo. No estaba nada mal, pero tendía que dar todo de mí para evolucionar. Volvimos a ser grandes amigos.

En cuanto a Armonía y a sus hijos, les hacía visitas esporádicas. Intentaba avisar, pero no siempre se podía. Ellos siempre me recibían de buena gana. Ella seguía sonriendo. Siempre.

Y hasta aquí mi historia. Sólo digo que hay que llevar cuidado con la felicidad que se desea, y de que hay que ser conscientes de quien uno ama. Aunque no siempre sea posible. De momento, me centro en mi trabajo y en mis aficiones al cien por cien. No sé si volveré a enamorarme algún día. Sinceramente, sigo prendado de su luz. A pesar de ser completamente inalcanzable.

(FIN)

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