La primavera

Una imagen brotaba en mi cabeza. Era ella de nuevo, seguía allí, y no se iba. Pero no quería que se fuera. Necesitaba esa imagen como quien necesita el aire al respirar.

Estábamos unos cuantos amigos en un pequeño parque y yo, alejado de todo lo que ellos hablaban, tenía la vista fija en el suelo. Miré alrededor un instante. Todo parecía más bello. Como ella…

Los almendros en flor, los campos verdes, el canto de los pájaros, la llegada del calor, el alargamiento de los días… Los primeros síntomas de la primavera. Y yo, consternado por esa persona, me veía incapaz de disfrutar de ella. Cada vez estaba más distante y mis amigos lo notaban. Sin embargo, no podía evitarlo de ninguna manera. Aquello era un asco. Yo, sin parar de pensar en una persona, ¿qué me estaba ocurriendo? Y todavía no había cruzado palabra alguna con ella. Tendría que hacerlo de un momento a otro.

Me miré la mano. Estaba temblando y tenía una muy buena razón para ello. Ella iba a venir. Siempre me ponía tan nervioso al verla… Era increíble toda aquella vergüenza.

Habíamos quedado bastante gente. Entre ellos, los que estábamos allí, ella y algunas amigas suyas. Tenía ganas de que llegara ya y, al mismo tiempo, no quería verla aparecer. Y todo debido a estos nervios que ni yo mismo entendía. Me levanté del banco en el que estaba, para tranquilizarme un poco estirando las piernas. Justo en ese instante, una figura que sobresalía de entre otras, iluminó el triste lugar en el que nos reuníamos.

Inmediatamente me volví a sentar. Tenía los nervios a flor de piel. Esa timidez en mí no era normal. Me atreví a mirarla durante un segundo, quizás menos, pero fue más que suficiente para apreciar esa belleza que desprendía.

De repente, me faltaba el aire. Se acercaba a mí. ¿A mí? Lo más seguro es que quisiera saludarme. No sabía cómo actuar. Casi sin quererlo me levanté de nuevo del asiento, cuando hubo llegado a mi nivel.

–¡Hola! –saludó muy alegremente.

La miré a los ojos. Esas perlas castañas que daban el toque final a su hermosura me irradiaban con su mirada. Entonces, tuve la sensación de que me iba a derretir. Me estaba sonriendo y, ¡Dios! ¡Qué sonrisa! Esa sonrisa fue la que me cautivó y la que me tiene hechizado. Sus dientes perfectos ayudaban a que ese hechizo siguiera permanente en mí.

Otra vez me fijé en sus ojos, clavados en mí. No me explicaba cómo me podían transmitir una alegría tan inmensa, casi lo mismo que esa sonrisa, y que jamás había visto en ninguna persona. Por supuesto, esperaba que esa mirada no escondiera nada más. Quería quedarme con esa alegría para siempre.

Y mientras me quedaba paralizado, maravillándome de una existencia tan bella, pensaba, a la misma vez, una respuesta para su saludo. Algo que no sonara como el típico “hola” tímido que le solía decir a las chicas que me gustaban. Ella esperaba atenta esa respuesta, acariciándose un mechón de su precioso y natural pelo rizado negro. Y seguía sonriendo.

–Hola… –conseguí decir al fin.

Ella hizo esa sonrisa todavía más amplia. Y creía que era imposible transmitir más alegría.

Todos se levantaron. Al parecer íbamos a darnos una vuelta por la zona. Yo me quedé rezagado para salir el último, lejos de ella. No me veía con fuerzas para estar cerca. La vergüenza me podía.

Sin embargo, se acercó a mí y, cogiéndome de la mano, me arrastró hasta que alcanzamos a los otros. Me soltó y me empezó a asaltar con preguntas, como si fuéramos amigos de toda la vida. Me atreví a sonreírle. Hacía tiempo que yo no estaba tan feliz.

Menuda tarde pasé junto a ella. No nos despegamos en apenas ningún momento. Me sorprendí de lo rápido que podía cogerse confianza con una persona de ese modo. Una tarde perfecta, de lujo, donde miles de caricias abundaban entre los dos. Siempre recordaré el tacto de su piel fina, tocando algunas veces mis mofletes, mis manos e incluso mi pelo. Todo era parte de bromas y risas. Aún tengo el bello y fugaz sonido despampanante de su risa clavado en mi oído. Incluso en el más profundo silencio, conseguía oírla.

Hubo un momento en el que nos quedamos solos. Los demás se habían ido, y con ellos mi vergüenza. Gracias a ella había conseguido soltarme, quién lo iba a decir. Seguíamos hablando como si nada, hasta que finalmente se tuvo que ir. “Lástima”, pensé. Inesperadamente, me endorsó un abrazo. Pude notar como nuestras mejillas chocaban y reaccioné acariciando su pelo. Una textura diferente en cada mechón que logré alcanzar…

Tardamos bastante tiempo en separarnos, pero para mí fue muy poco tiempo y, sin embargo, fue suficiente como para apreciar ese abrazo cuando regresé a casa. Su cuerpo y el mío, juntos, unidos por nuestros brazos en un signo de cariño entre ambos. Y pensar que al comienzo de esa tarde apenas podía dirigirle la palabra. Me observé la mano de nuevo, esta vez rígida y decidida. Todavía quedaban restos del tacto de su espalda. Increíble.

Llegué a casa. No había nadie. Suspiré, entonces, me vino un flash. Era ella riéndose. Yo también reí, casi inconscientemente, en mi soledad. Anduve por los pasillos hasta topar con un sofá al que echarme. Otro flash: ella hablándome. El corazón me latía a mil, y eso que sólo era un recuerdo.

Por fin llegué al sofá y me acosté, cerrando los ojos. Multitud de imágenes de esa tarde cobraban vida en mi cabeza. Me dejé llevar por ellas. Era embriagador sentirme partícipe de nuevo de esas imágenes. Necesitaba verla ahora. ¿Tan pronto? Hacía apenas media hora que me despedí de ella. Y ese sentimiento de ansia creció en cuanto me vino un último flash: ella caminaba, y yo a su lado. De pronto, una ráfaga de viento empezó a mecer su pelo sin ningún esfuerzo. Y ese cabello tan precioso que me quedé mirando era movido en todas las direcciones posibles. Ella intentaba arreglárselo, pero de verdad, que en aquel momento pensé que no hacía ninguna falta. Finalmente, el pelo se posó delicadamente de nuevo sobre su espalda y hombros, volviendo a su posición inicial. Daría lo que fuera para poder volver a verla y hablar con ella otra vez.

Esa noche, soñé algo. Ella dormía a mi lado. Me seguía hablando, muy en silencio, como si no quisiera hacer mucho ruido por miedo a que nos oyeran. Nos mirábamos, el uno al otro. Ninguno de los dos quería apartar la vista. Ninguno de los dos quería que ese momento cesase jamás.

Estaba tan preciosa… Y seguía hablando, y yo escuchando, comentando algo de vez en cuando. Sus ojos me estaban transmitiendo algo. No sonreía, pero apostaría mi vida a que ese momento fue uno de los más felices de su vida. Y ese fue el instante en que me acerqué sólo un poco a sus ojos para ver qué querían transmitirme.

Quizás me acerqué demasiado.

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