Armonía (Parte 2)

Cuando llegué a casa y me acosté, todavía estaba algo mareado, pero no dejaba de pensar en ella. Armonía, Armonía, Armonía, Armonía… Esa noche soñé que me abrazaba y no me soltaba. Recordé lo cariñosa y agradable que era. Recordé  de nuevo aquella sonrisa juguetona que se formaba sutilmente en sus labios juveniles y que siempre hubiera dado cualquier cosa para verla de nuevo. Observar su sonrisa, sus ojos… era lo prioritario en mi vida a partir de ese momento. Lo demás, simplemente, ya no importaba tanto.

Me acordé también de aquellas veces que quería hablarle y no podía, o de aquellas en que me ponía a contarle cualquier tontería para tenerla entretenida y me hiciera caso. Ella siempre escuchaba pacientemente, aunque no le interesara. En ocasiones, incluso se reía a carcajadas. Me llenaba eso de hacerla reír. Ojala lo hubiera conseguido más a menudo.

Los días siguientes después de la cena, fueron fugaces. Sé que acordamos ir despacio, pero era imposible. Cuando estaba con ella me hacía sentir como si fuera el mismo crío de diecisiete años enamorado de aquella jovencita preciosa. Y cada día la veía así, cada día que la veía, más joven. Y ella, no me frenaba, así que todo pasó muy rápido los siguientes meses. Empezamos a salir, conocernos… Pero en nada, ya estábamos viviendo juntos. Compartiéndolo todo.

Era genial todo aquello. Despertarse y ver el sol, y a ella. Mirar su cara de recién levantada, por mucho que se tapase. Observarla mientras andaba hacia el baño. Todo perfecto. Por si fuera poco, la suerte empezaba a sonreírle: le ofrecieron estudiar un curso de Economía de varios años con lo que se podría incorporar a un buen puesto de trabajo en pocos años.

Pasado un año, le formulé la gran pregunta:

―Sé que esto es ir a la velocidad de la luz, pero es que estoy tan seguro. ¿Quieres casarte conmigo, Armonía?

Ella gritó y saltó a mis brazos, mientras repetía una hilera de incesantes “sí, sí, sí”. El mejor día de mi vida. El mejor año de mi vida. Pero lo mejor estaba aún por llegar.

Antonio vino a casa pocos días después de la boda. No pudo asistir por su trabajo. Además, hacía tiempo que no venía de visita, pero lo cierto es que llamaba mucho. Nosotros estábamos haciendo las maletas para irnos de luna de miel. Es por eso por lo que la casa estaba un poco desordenada.

―Una pena que no pudieras venir a la boda, tío ―le comenté.

―Ya, la boda… Una pena. Lo siento.

―No importa. Armonía ha ido a comprar unas cosillas para la luna de miel. Supongo que volverá en breve.

―No te preocupes, sólo quería hablar contigo un momento y ya me voy. No quiero molestar.

―Sabes de sobra que no molestas.

Por algún motivo, Antonio siempre se sentía algo incómodo cuando hablaba de Armonía.  Era extraño, siempre solía cambiar de tema. Y sé que celos no eran, ¿o me equivocaba?

―Quería decirte ―empezó diciendo― que tengo que arreglar un asunto pendiente fuera del país. Mi trabajo lo requiere. Últimamente estoy poniendo por delante el trabajo, pero lo más seguro es que si hago lo que dicen me den un ascenso. Quiero aprovechar la oportunidad.

―Vaya, qué pena. Sólo puedo desearte que te vaya bien.

―Llamaré bastante, ¿vale? Y cualquier cosa que necesites, llámame. Aunque esté ocupado procuraré escucharte.

―No hace falta. Estaremos bien. Pero siempre será agradable charlar contigo.

Estaba preocupado y no sabía por qué. Tanto trabajo debía haberle provocado algo de estrés. Por eso no le di más importancia.

Y volvió a irse, pero esta vez no me entristecí tanto. Tenía a quien quería a mi lado. Nada podía salir mal.

Nunca había podido experimentar tanta felicidad junta. Nos fuimos a una casita en la montaña, los dos solos. Era de mis abuelos, y era perfecta para pasar un par de semanas allí, desconectados del mundo y disfrutando sólo de la compañía del otro. Me encantaba salir a correr por las mañanas, respirar el aire puro y gritarle al eco de las montañas. Pero gritaba y reía de felicidad. Dudo que algún humano haya experimentado lo que yo viví esos días. Demasiada intensidad en muy poco tiempo.

Volvía de correr y allí estaba, sonriendo como sólo ella sabía. Me daba un beso, a pesar de ir bastante sudado, y me mandaba rápido a la ducha. Cuando terminaba, allí estaba ella esperándome con el desayuno en la mesa. Muchos de aquellos días no podíamos ni terminar el desayuno sin que nos diera un ataque arrebatador de pasión.

El tiempo dejó de tener sentido, las estrellas se encendían de noche sólo para nosotros. Las mirábamos sentados en un balancín, con una manta gruesa que nos cubría a ambos. Allí, solos, nos pasábamos las horas de la noche casi a oscuras, contemplando aquellos puntitos de luz maravillosos.

―¿Sabes? ―le decía―. No tienes que envidiarle nada a esas estrellas. Yo hasta diría que desprendes más luz.

―¿En serio?

A veces, hasta cantábamos:

Eres increíble. Maravillosa para definirte es poco,

Bondadosa y flexible, ¿acaso me equivoco?

Irresistible si te evoco, pero ya está bien de alabanzas,

Porque me vuelvo loco si tus recuerdos se me abalanzan. ―Empezaba yo.

Me alcanza a conciencia tu aroma atrayente

Y me absorbe tu esencia cuando asoma latente,

Así, tocando estos acordes me acordé de ti,

Y mentí si no saboreé el no saber dónde me metí. ―Continuaba ella.

Poco después, entrábamos en la casa y, simplemente, nos dejábamos llevar…

Pasaron los días, sin ser esclavos del tiempo. No teníamos reloj, al fin y al cabo, ¿para que lo necesitábamos? Cuando el sol estaba en lo más alto, comíamos. Cuando anochecía, cenábamos. Era como si el mundo hubiera sido creado expresamente para nosotros dos.

Hasta que se terminó la luna de miel. Casi nos da por llorar. Volver a nuestra vida era muy triste después de habernos acostumbrado a vivir en el paraíso.

(Continuará…)

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2 comentarios en “Armonía (Parte 2)

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